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14/11/2019Agrovoz
Trigo: investigan cómo las enfermedades foliares pueden afectar la calidad
El fusarium es uno de los patógenos que genera toxinas que pueden tener consecuencias en la salud humana. Buscan respuestas para mejorar el manejo a campo..

 

Una investigación de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (Fauba) apunta a determinar el efecto que pueden tener las enfermedades foliares que afectan al trigo en la calidad del grano.

Hasta ahora, la consecuencia de la acción de hongos patógenos se había centrado fundamentalmente en evaluar su impacto en los rendimientos. Pero ahora buscan respuestas sobre cómo perjudican la calidad industrial y comercial del cereal, un aspecto clave para que los productos argentinos puedan seguir ingresando a mercados internacionales cada vez más exigentes.

La investigación está a cargo de Ginna Rozo Ortega, quien destacó: “Los mercados internacionales demandan altos parámetros de calidad. El trigo argentino cumple con los mayores estándares por situarse en los grupos 1 y 2, con alta proporción de proteína y elevado peso hectolítrico”.

Y describió que la evaluación abarca a enfermedades como la roya de la hoja y del tallo, roya amarilla y las que causan Septoria y Fusarium.

Salud

Según Ortega, algunos de estos patógenos, como Fusarium, generan toxinas que pueden afectar a la salud humana, por lo cual los cereales infectados se deben descartar para la comercialización. En otros casos, los patógenos podrían afectar la calidad del cereal cuando atacan a las hojas y a las espigas, y sobre todo cuando la infección se genera en estadios críticos para la calidad, como llenado de los granos.

“Aún no está claro si estos patógenos generan problemas con el consumo como lo hace Fusarium, pero sí penalizan los rendimientos y el precio de los granos durante la comercialización”, aseguró la investigadora al servicio de divulgación científica de la Fauba.

“Analizamos la calidad comercial tomando parámetros como proteína en grano y en harina, peso hectolítrico, gluten húmedo y seco”, indicó.

Evaluaciones

Los ensayos se llevaron a cabo en campos experimentales de la Fauba y de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), con cultivares antiguos y modernos para obtener diferentes respuestas en las relaciones entre el patógeno y el hospedante.

Además, se incorporó un cultivar utilizado en la Argentina que posee un alto potencial de rendimiento y está clasificado dentro del grupo de calidad 2.

Por último, se utilizaron genotipos derivados de líneas recombinantes (cruces entre las líneas parentales Seri/Babax) mapeados en el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (Cimmyt), que fueron ensayados por otros investigadores previamente en distintos países del mundo, como Australia, de donde provienen las semillas para la investigación en Buenos Aires.

“El interés por incorporar estos genotipos dentro del marco de la investigación surgió porque tienen diferencias en las características de almacenamiento de asimilados —carbohidratos solubles— que poseen en el tallo en el momento del llenado de granos, abriendo paso a la hipótesis de que este almacenamiento de reservas podría mitigar el efecto de distintos estreses tanto bióticos como abióticos”, explicó Ortega.

Además, se realizaron análisis en el laboratorio para determinar los efectos de las enfermedades en la calidad. “Los resultados variaron según las distintas razas y la interacción entre los patógenos. En general, se observó una disminución en el contenido de proteínas, tanto en los granos como en la harina, y en la fuerza y la tenacidad de la masa, debido al efecto de la presencia de las enfermedades”, añadió.

Y completó: “En el caso del volumen del pan, se observaron distintas respuestas. Se trata de un buen indicador de la calidad, ya que se relaciona positivamente con la fuerza de la masa y ésta, a su vez, con el contenido de proteína”.

Por último, comentó que en su investigación ocurrieron pérdidas en los rendimientos debido a efectos indirectos de las enfermedades sobre el número y el peso de los granos, según el momento de aparición y el progreso de la enfermedad, lo cual afectó la calidad.

“Estos efectos aparecieron tanto en los cultivares antiguos como en los modernos y en los genotipos Seri/Babax, independientemente de la reserva de carbohidratos solubles. Cuando la enfermedad predominante fue roya del tallo, los rendimientos cayeron hasta un 66 por ciento. Esto sucedió porque la roya no sólo afecta la intercepción de la radiación solar al infectar las hojas, sino que también disminuye los niveles de reserva en el tallo”, describió.

Mejorar el manejo

En este contexto, Rozo Ortega se refirió a un conjunto de prácticas de manejo que los productores podrían incorporar para mejorar la calidad de sus granos. Una de las principales recomendaciones es realizar rotaciones de cultivos debido a que permiten reducir la cantidad de inóculos en algunas enfermedades, como la septoriosis, y mejorar la fertilidad del suelo, puesto que el trigo necesita nitrógeno para poder tener niveles aceptables de proteína.

También recomendó realizar fertilizaciones de nitrógeno diferidas en siembra y macollaje para que el nitrógeno esté disponible durante el llenado de granos y obtener buenos porcentajes de proteína. Posteriormente deberían realizarse monitoreos periódicos para advertir la presencia temprana de enfermedades y, de ser necesario, realizar aplicaciones de fungicidas ante la incidencia de patógenos.

Para finalizar, subrayó la conveniencia de realizar un sistema alarmas asociado a los pronósticos climáticos, para anticiparse al surgimiento de enfermedades ante determinadas condiciones de temperaturas y humedad.

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